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Ha fallecido Tomás Dorronsoro, hijo, hermano y sobrino de socialistas y ugetistas asesinados por los golpistas del 36

09/05/2017

Tomás Dorronsoro, miembro de una familia socialista y ugetista con la que se cebaron cruelmente los golpistas de 1936, que asesinaron a su padre Corpus, su hermano Jesús y su tío Jesús, ha fallecido en su Pamplona natal. Durante el acto de homenaje a las personas asesinadas tras aquella fatídica fecha, celebrado en septiembre de 2015 en Sartaguda, la UGT hizo entrega a Tomás de un recuerdo, consistente en dos fotos de la antigua Casa del Pueblo, situada en la calle de la Merced, de la que su padre Corpus fue conserje y en la que vivió la familia Dorronsoro.

Reproducimos a continuación un extracto del testimonio de Tomás, miembro fundador de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra AFFNA36, con sus recuerdos de aquella época, que forma parte de las aportaciones de víctimas del Golpe de 1936 a la ponencia sobre Memoria Histórica, constituida en el Parlamento Foral de Navarra a iniciativa del PSN e Izquierda Ezkerra:

“Resulta difícil expresar la sensación vivida en aquel clima tan hostil que un muchacho pamplonés como yo tuvo que soportar desde los doce años, por llevar mi apellido.

Vaya por delante que mi padre, Corpus Dorronsoro Arteta, nacido en la Calle Jarauta un 14 de julio de 1892, casado, y padre de cinco hijos, de oficio lampista en el ferrocarril "El Iratí", afiliado y dirigente del PSOE y de la UGT, concejal y teniente alcalde de la ciudad durante gran parte del periodo republicano fue asesinado por sus ideas.

El 17 de julio de 1936 asesinan al comandante de la Guardia civil Rodríguez Medel. Entre las 9 y las 10 de la noche, aparece por mi casa el policía secreta Morón, registrando todo el piso buscando armas y seguidamente le pide a mi querido padre las llaves de la Casa del Pueblo. Bajan los dos y clausuran las dos plantas que se correspondían con la casa.

Mi querido hermano Jesús, de 19 años, ya no apareció por casa. Fue detenido en el Bar Osasuna.

Del día 18 en adelante, Navarra se convierte en el mayor caso de terror que se conoce. A cualquier hora del día llegan los requetés y registran buscando no sé sabe qué. Y se llevan las pocas cosas de valor que podíamos tener.

Mi padre y mi tío fueron detenidos.

Quiero comentar que, junto con el compañero Saraldi, mi padre fue castigado entre 6 u 8 meses sin trabajo por los sucesos de Octubre del año 34. Y por ese motivo le dieron la plaza de conserje de la Casa del Pueblo.

San Pedro, nuestro vecino, fue montado en una camioneta; y al llegar enfrente de la iglesia de San Lorenzo salta y allí mismo lo asesinan.

Entre las muchas barbaridades que hicieron -además de los 3.000 y pico asesinados- los falangistas llevaban a nuestras queridas madres a la sede de lo que ahora es el orfeón pamplonés, les cortaban el pelo, les metían cantidad de aceite de ricino y cuando se hacían... las sacaban con una banda de música por todo Pamplona.

Mi querida madre fue más afortunada. Cuando le iban a cortar el pelo y darle aceite de ricino llegó Cecilio Huici e impidió que se lo hicieran. Este señor había sido patrón de mi madre. Tenía una panadería en la calle el Carmen 12 y un molino en Olaz.

En esos días, un grupo falangistas abrió las puertas de la Casa del Pueblo con tanto odio que tiraron por el balcón a la calle todo lo que encontraron. Hasta unas bicicletas que íbamos a estrenar los chavales en la playa de Asiain. Fue tal la hoguera y como estaban armados que con el hijo de San Pedro nos fuimos asustados a casa de mi tía. Y permanecimos allí hasta que mi querida madre vino a buscarnos.

El profesor Don Demetrio nos bajaba al Club Natación donde nos enseñaba a nadar. Esto se acabó, cuando llegó todo aquel gran desastre. Cuando empezó el curso escolar nos encontramos con que habían detenido a los dos profesores y los habían llevado al fuerte. Con estos profesores, aparte de dar clase, hacíamos trabajos manuales, gimnasia, pelota, etc.. Prefiero no seguir con este tema.

En esta época como pensaban en mi salvación, me obligaron a comulgar, mientras tanto algún sacerdote decía que no había que dejar ni raza. Sin comentarios.

Entonces, cuando aún era un chaval, intenté trabajar. Vendí periódicos en la Estación de autobuses, repartí fruta, ayudé a un zapatero, intenté algo más serio y nunca lo conseguí, pues, cuando les daba mi apellido, me decían que ya me llamarían. Todavía estoy esperando a que me llamen.

El cambio empieza gracias al que sería mi mejor amigo José Gil. Un buen cambio. Me llevó a la Acción Católica de San Agustín donde estaba de consiliario Don Joaquín Goiburu (un santo), los hermanos Arrarás, etc.

Llegan de Sitges (de la otra zona) los hermanos Benacet. Ponen en marcha una fábrica de calzado en la calle Eslava y gracias a Don Joaquín, quién les explicó mi caso entré a trabajar. O sea, los de casa no me dan trabajo y unos señores que huyen de la zona republicana. sí.

Uno de los episodios más trágicos ocurría en los fosos de la ciudadela. La gente asistía a los fusilamientos (asesinatos) como a una fiesta, lo celebraban con misa y chocolate con churros.

Como aquello duraba mucho (mi querido padre ya había dicho que si duraba más de 48 horas ya podíamos prepararnos) mi querida madre se tuvo que poner de ama de niños y mi hermana Eloya, muy joven, se casa con Celestino, hermano de San Pedro para así ayudar a las dos familias.

Por mi parte, después de los 3 años con los hermanos Benacet, se termina el contrato para hacer botas para la legión, y gracias a mi cuñado, empiezo el que sería mi futuro oficio calefactor. Lo hago con dos montadores que se habían quedado en Pamplona por la guerra. Y después de trabajar muchos años, me jubilo en la Clínica Universitaria.
El día 14 de Agosto en Monreal fueron asesinados mi padre Corpus Dorronsoro, mi hermano Jesús Dorronsoro, y mi tío Jesús Dorronsoro, y después los dejaron sobre la tierra. Las personas del pueblo los enterraron. Por otro lado, mis tíos Máximo y Dominica no tuvieron más que un hijo Juan. Algunos dijeron que había muerto en Valencia y otros en Francia.

Después de todo esto, cuando llega la edad de la mili, en el juzgado me dicen que mi padre y mi hermano estaban vivos. El escándalo que se organicé fue terrible. Gracias a los señores Garaicoechea y Santos Echalecu no paré en la cárcel.

Mi adolescencia transcurrió debatiéndose entre los desprecios y marginaciones de un sector de la sociedad y el recuerdo personal de mi padre. Como concejal socialista sus intereses en aquella coyuntura, reflejados en sus intervenciones y propuestas, se centraron fundamentalmente en torno a la enseñanza, el paro y la indigencia, el urbanismo y la cultura. Mociones pidiendo la organización de cursos de verano, el establecimiento de aprendizajes profesionales en la Escuela de Artes y Oficios: la machacona insistencia en la necesidad de construir escuelas nuevas, singularmente para el barrio entonces llamado el Mochuelo. Mociones sobre la necesidad de construir escuelas baratas, sobre el cierre de San Cristóbal. Propuestas incluso que le convirtieron, por qué no, en pionero de movimientos ecológicos al exponer en una sesión de junio del 31 la necesidad de limpiar el Arga.

Pero hay otros aspectos de su personalidad aparentemente menos relevantes, que reflejan su talla humana. Su compañerismo, su entrega generosa a los trabajadores y necesitados, dedicando su tiempo a escucharles y buscarles soluciones. Nunca admitió regalos, aunque la gallina o la bolsa de patatas con que trataban de agradecerle sus servicios, hubieran venido bien en una familia no sobrada de recursos.

Y el respeto a las ideas políticas o religiosas de los demás. Fue enemigo de actitudes violentas, de agresiones o insultos al adversario político. Fue un consejo repetido constantemente a sus hijos. No soportaba oír una blasfemia. Su argumento era simple: " Si eres creyente, vas a condenarte. Si no lo eres, no molestes a los que creen."

Es la imagen que guardo de un obrero pamplonés, concejal de su ayuntamiento, republicano y socialista, entregado a los más necesitados, y esposo y padre de familia, Corpus Dorronsoro Arteta, de cuya presencia ejemplar nos privó un episodio de locura colectiva”.

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