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El empleo, un dique frente a la violencia machista

27/11/2018 | Marisol Vicente Yoldi, Secretaria de Política Sindical de la UGT de Navarra

Resulta estremecedor seguir necesitando un día internacional contra la violencia de género en pleno 2018. Pero un año más, las terribles cifras nos golpean, porque, en lo que llevamos de año, hemos tenido lamentar y condenar la muerte de 44 mujeres en nuestro país, 2 de ellas en Navarra. Mujeres que han perdido la vida a manos de sus parejas o ex parejas y que dejan 35 huérfanos menores de 18 años.

Confieso que siento rabia. Rabia porque todavía, en amplios sectores de la sociedad, se asumen estas cifras con cierta normalidad, se ven como un mal casi inevitable y se afrontan desde una especie de resignación muy peligrosa. Lo que intento decir es que la estadística suele sonar ajena, lejana y fría, pese a que, desde el año 2003, fecha en la que comenzó a registrarse de forma oficial el número de víctimas mortales de la violencia machista, han sido asesinadas en nuestro país 972 mujeres, 11 de ellas en nuestra Comunidad.

Según la última macro encuesta oficial del Gobierno, en España más de 600.000 mujeres son víctimas de la violencia machista y sólo se producen en torno a 140.000 denuncias al año. Es decir, tres de cada cuatro maltratadas no denuncian a su agresor.

Nadie comprometido con los valores de la igualdad y de la dignidad de las mujeres puede asistir impasible a la proliferación de la violencia machista. No hay mejor medida del pulso de una sociedad que su capacidad para comprometerse con las causas que merecen más la pena. Porque la violencia de género trasciende el ámbito privado y los poderes públicos tienen, entre sus principales obligaciones, la de procurar protección y reparación a las víctimas de este tipo de violencia, pero también nosotras y nosotros, como parte activa e implicada en construir una sociedad mejor, debemos fijar entre nuestras prioridades la lucha contra la violencia de género.

El primer paso es la concienciación. Para poder solucionar un problema, primero hay que reconocer su existencia. Insisto, no como algo que sacuda nuestras conciencias desde la lejanía, sino como una pandemia frente a la que podemos cerrar los ojos y esperar que no nos contagie. Hay que luchar contra ella y vacunar a todo nuestro entorno, contribuyendo así a que no siga extendiéndose. Hasta su total erradicación.

El segundo frente de esta batalla es la prevención. Nos queda por delante una tarea casi hercúlea, porque tenemos que volver a las raíces del problema para poder darle la vuelta. Y aquí no vale dejar el peso del trabajo en manos de las instituciones públicas, que por supuesto deben contribuir, sino que tenemos que apechugar y comenzar a replantearnos nuestro modelo de sociedad en nuestro entorno más inmediato.

Hablemos de educación. Hablemos del modelo de masculinidad con el que se socializan nuestros hijos. Es indudable que hemos avanzado en educar a nuestros hijos en los valores de la igualdad y el respeto, pero también lo es que todavía nos queda mucho camino que recorrer. Hay que desmontar ciertos mitos del amor romántico, por ejemplo, que contribuyen a que algunas chicas sigan entendiendo que su lugar en este mundo es el de la sumisión y que los hombres han nacido para ser conquistadores.

Y entre las diferentes perspectivas existentes desde las que acercarse a este problema, quiero profundizar en la laboral, que es la que atañe a un sindicato. Cada día que pasa, una mujer abandona su puesto de trabajo por la violencia de género, según datos facilitados recientemente por el Servicio Público de Empleo Estatal, cuyos máximos responsables admiten que la cifra posiblemente esté bastante alejada de la realidad, ya que resulta imposible medir los casos en los que no existe denuncia.

Las víctimas de la violencia de género faltan reiteradamente al trabajo. Unos días, porque no quieren que se les vea el moratón de una paliza. Otras, porque no pueden moverse de la cama por las lesiones. En ocasiones, simplemente por miedo. Y, a veces, porque dejan de verle sentido a salir de casa para trabajar, porque están anuladas, perdidas, disueltas, aniquiladas.

Hay que detener esta hemorragia. Cada mujer maltratada que deja de trabajar es una mujer más dependiente del monstruo que la destruye. Cada puesto de trabajo perdido a causa de la violencia machista es una puerta de escape que se cierra. Como mujer, como trabajadora y como militante orgullosa de una organización que siempre ha tenido por bandera la lucha por la igualdad, no voy a cansarme nunca de repetirlo: está en nuestras manos la posibilidad de crear herramientas de prevención que faciliten a las trabajadoras víctimas de la violencia machista el mantenimiento de su trabajo y de su autosuficiencia económica y autonomía laboral frente a su agresor.

Nos corresponde proponerlo, proyectarlo y defenderlo en la negociación colectiva. Debemos incluirlo entre las prioridades de los convenios colectivos o pactos de empresa. Porque el puesto de trabajo de una mujer maltratada puede ser una vía de salvación para ella, si le ofrece un entorno seguro que se adapta a sus circunstancias excepcionales y le proporciona protección. Un puesto de trabajo puede ser un dique contra la violencia machista.

La única estrategia, la que nos hace más fuertes y eficaces frente a esta lacra social y frente a los cobardes y degenerados que la practican, es el compromiso solidario. Acabar con la violencia contra la mujer debe ser un objetivo colectivo y compartido.

Marisol Vicente Yoldi
Secretaria de Política Sindical de la UGT de Navarra

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