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No es discriminación sindical es falta de responsabilidad

11/03/2016 | Lorenzo Ríos, Secretario General de MCA-UGT de Navarra

¿Se puede reclamar el derecho al trabajo y no defender la supervivencia de una fábrica y los puestos de trabajo cuando están en riesgo? Es una contradicción evidente, pero, por desgracia, muy cotidiana en nuestra tierra. Seguramente, porque quienes así actúan están convencidos de que la demagogia (o todos o ninguno), por ejemplo cuando se plantean reducciones de plantilla, es más rentable que asumir compromisos (el menor número posible de despidos, en las mejores condiciones económicas y con garantías de futuro para los puestos de trabajo que se logren salvar).

Y a lo mejor resulta rentable para estrategias políticas que viven del victimismo, pero desde el punto de vista económico, laboral y sindical, no asumir la responsabilidad de defender la continuidad de la actividad industrial y de salvar el mayor número de empleos es una catástrofe. Ahí están para atestiguarlo la Barranca y la zona de Alsasua, bastiones industriales que dejaron de serlo, donde impera ese tipo de comportamiento.

Desde finales de los años 70, el mundo ha cambiado radicalmente, aunque algunos no se hayan enterado o no quieran enterarse. El primer reto que tuvimos que asumir fue la reconversión industrial de los años 80. Y lo hicimos -me refiero a la UGT- , en minoría sindical, casi en solitario, con la incomprensión de muchos y la hostilidad de los de siempre (entonces, como ahora, también insultaron y acosaron a nuestros delegados), anclados en un modelo estéril de sindicalismo de resistencia. Porque el reto era transformar una industria autárquica y obsoleta en otra moderna y competitiva. Lo hicimos con el apoyo de los gobiernos navarro y español, socialistas en aquella época, que dedicaron importantes recursos públicos a sanear económicamente aquella industria y a amortiguar los daños laborales derivados. Y gracias a aquella reconversión, Navarra ha podido exhibir después unos ratios industriales 18 puntos por encima de la media española, así como unos niveles de empleo, unas condiciones de trabajo y unos estándares de bienestar homologables a las regiones de la Europa próspera.

Así que todo esto no nos cayó del cielo, sino que fue producto del trabajo, la inteligencia y el compromiso de Administración, empresas y trabajadores, que avalaron democráticamente aquel proceso novedoso y complicado en las elecciones sindicales. Sobre aquel modelo, y con la aportación también de CCOO, se diseñó en los 90 un nuevo marco de relaciones laborales, basado en el equilibrio y la concertación de intereses distintos e incluso contradictorios, plasmado en el Acuerdo Intersectorial de 1995, que los trabajadores han seguido respaldando mayoritariamente hasta nuestros días y del que ELA y LAB jamás han sido excluidos; simplemente se han situado enfrente, sin asumir la más mínima responsabilidad.

La mayoría sindical de Navarra actuamos entonces y lo hacemos ahora convencidos de que el crecimiento económico necesita un potente desarrollo industrial, única garantía de empleo y salarios dignos. El mundo ha cambiado, la economía se ha globalizado y las deslocalizaciones se han convertido en una amenaza constante. No es un fenómeno nuevo en Navarra, pero antes fuimos destino y ahora somos origen de deslocalizaciones industriales.

Por eso necesitamos una política industrial, con un horizonte de quince años, basada en la I+D, en la tecnología puntera, en productos de alto valor añadido, en la productividad y en la calidad, que requiere el compromiso de la Administración, para crear un entorno propicio (infraestructuras, apoyo a la iniciativa privada, formación y cualificación de los trabajadores, etc.); la apuesta empresarial por la inversión y la aportación de los trabajadores.

Lo que antes fue reconversión hoy es competitividad. Porque la política industrial tiene una estrategia expansiva (nuevos sectores y producto), pero también defensiva (garantizar la supervivencia del tejido industrial). Y para una y otra estrategia es necesario comprometerse, negociar y acordar. Y eso implica hacer concesiones a cambio de contraprestaciones. Si la disyuntiva es negociar y acordar o poner en riesgo la fábrica y los puestos de trabajo, la UGT lo tiene meridianamente claro, con todo el coste personal que supone para sus delegados. Y esto vale para empresas con dificultades (Faurecia Orkoien, Movinord, Dynamobel), para empresas en expansión (VW Navarra) y para las que han superado las dificultades con acuerdos y han empezado a crecer (Sunsundegui).

Nos preocupa mucho más salvar una fábrica y el mayor número de puestos de trabajo cuando hay una amenaza de cierre, que a quiénes contrata una empresa cuando aumenta la producción y el empleo gracias a los acuerdos que hemos alcanzado. Eso sí, los que nunca negocian ni firman, los que descalifican todos los acuerdos, los que nos insultan por pactar, son los primeros en intentar beneficiarse de lo que hemos firmado. Es injusto y vergonzoso, pero es lo que hay. Le llaman llevar el cambio a las fábricas, pero si de ellos dependiera, no habría ni fábricas ni contrataciones.

Publicado en Diario de Navarra el 11 de marzo de 2016

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